| - DE PELDAÑO EN PELDAÑO FUGITIVA - |
| En el Centenario de Federico Muelas |
Escalerillas del Gallo (10) |
| 30-MAYO-2010. OPINIÓN |
La ciudad espera ya, está al alcance de la mano. Ese, tantas veces mencionado, tópicamente repetido, farallón rocoso que es Cuenca, se encuentra asequible, a la vista. La ciudad no se hizo para ciegos, ni para cojos. Tampoco para gandules, cansados antes de empezar a mover sus músculos, asustados en el inicio, mientras buscan con la mirada el horizonte perdido en las alturas, hacia donde quieren dirigirse. Lo preguntan cuando aún apenas si se encuentran a medias: ¿Falta mucho para llegar? Y el interpelado, según el humor que tenga en ese momento, pronunciará palabras de ánimo o desconsuelo, envoltura Subir por medio de peldaños seguramente fatiga menos que hacerlo a pie llano, por la cuesta asfaltada o empedrada o adoquinada. Y además, dicen, anima el movimiento del corazón, asunto siempre importante en una civilización como la nuestra, sedentaria y envuelta en incontables trampas hedonistas, proclives a mantener el ánimo adormecido. Las escaleras urbanas suelen aparecer en rincones inesperados, al socaire de un hueco imposible de salvar por otro sistema, como iremos encontrando, en abundancia, a medida que penetremos en el embrollo urbanístico, tan generoso en recovecos, aguardando pacientemente en el interior del misterio organizado en forma de ciudad. Las del Gallo no: estas se ven en la distancia, apenas comienza el paseo por la calle del Agua, esperándonos al final con su oferta de peldaños fugitivos, huidizos, por donde el aire escapa presuroso en busca del misterio escondido más allá de esa visión inmediata. Las Escalerillas del Gallo no tienen autor conocido y son, no obstante, una audaz obra de arquitectura o ingeniería, curiosa mezcla de escalinata y puente, todo a un tiempo y en irregular trazado demostrativo de que el diseñador tenía unas condiciones idóneas para la imaginación creativa a la vez que para la adopción de soluciones técnicas de evidente complejidad. Cada uno de sus peldaños ofrece una visión diferente del río Huécar, deslizándose a los pies con según qué ánimos mientras el ascenso continuado se acompaña de la perspectiva igualmente cambiante que ofrece la ciudad y ello en un espacio tan modificado por el paso del tiempo y la constante reordenación urbanística que apenas queda nada de lo que fue, menos aún del gallo que dio nombre al paraje, el símbolo de una fábrica de harinas situada en la esquina entre las calles del Agua y de los Tintes. Frente a esa ya olvidada panificadora pervive, deteriorándose al paso breve de los días, otro inmueble digno de mejor suerte, que se nos anuncia periódicamente con propuestas de solución nunca convertidas en realidad. La casa de los Sánchez Vera se desmorona a la vista de todos, llevándose entre cascotes los recuerdos de un tiempo cada vez más borroso en la memoria colectiva. En lo alto de las Escalerillas –qué bonito apelativo- el torreón incrustado en la muralla y milagrosamente salvado quién sabe por qué tipo de suerte contempla con cierto aire despectivo el trasiego humano. Peor suerte tuvo la Puerta del Postigo, condenada como todas las de la ciudad a pasar a peor vida, la inexistente. Entre unas verdades y otras, igualmente adormecida entre antiguos oropeles, la Sala Almudí sigue luciendo la placa que le dio nombre, sin que nadie muestre el menor interés por saber qué se oculta tras ese letrero ni manifiesta preocupación alguna por su uso. Es, como tantos otros, un eslabón perdido en la frágil memoria de esta ciudad. Las Escalerillas del Gallo se abren de manera airosa ante el paseante que, por gusto o necesidad se acerque a sus pies, dispuesto a salvar el obstáculo escalonado, ofreciendo el original trazado derivado de una irregular disposición de los peldaños, pues el autor sacrificó cualquier posibilidad de ajustarse a esquemas rígidos marcados por la norma. Los tramos, desiguales en anchura y en número de escalones, quiebran su trayectoria para ir desde la amplitud del arranque a la búsqueda de la calle superior mediante una esquinada rompedora que se orienta hacia la calle del Pósito. Al lado, en un saledizo aparentemente innecesario, queda un fragmento en semicurva por el que gustan de pasar algunos peatones a quienes no importa demasiado el riesgo de resbalar. Camina el Huécar presuroso en estos tiempos de generosidad para el agua, olvidados aquellos otros en que la sequedad severa de la piedra dejaba al descubierto la desnudez de sus penurias. Ríe y canta el río mientras cruza impetuoso –tampoco hay que exagerar- bajo estas Escalerillas a las que bien podría añadírsele el emblema de un gallo (así lo hacen en las viejas ciudades europeas) que de fe visual del nombre ya asentado por la fuerza de la costumbre.
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firma JOSÉ LUIS MUÑOZ |
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| - DETALLE DE LA NOTICIA - |
FOTO: EL DÍA |
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| Escalerillas del Gallo, en Cuenca. |
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