SI José Luis Rodríguez Zapatero fuera coherente y pensara alguna vez en el bien común, dimitiría inmediatamente. No es que su partido se esté quedando en soledad, como ayer quedó patente. Es que en el seno del PSOE crecen el desconcierto y el descontento ante la incapacidad manifiesta de ZP para sacar al país del problema en que él mismo nos ha metido.
Pero no estoy hablando de adelantar las elecciones, ni mucho menos. Porque el problema no es el partido que ganó las elecciones, ni los muchos socialistas capaces de entender la crisis, de pactar objetivos, de liderar la sociedad. El problema es la política personalista de un ZP que sólo entiende el gobierno como una continua sucesión de actuaciones encaminadas a mantener su propia imagen, y a mantenerse en el poder. A costa de la economía nacional, a costa de sus propios colaboradores, a costa del futuro de España.
No hay que ser de derechas o de izquierdas para entender que no se pueden congelar sueldos, subir impuestos, frenar las inversiones, gastar lo que no se tiene y esperar que otros nos saquen del atolladero. Para sacar al país de la crisis, hay que contener déficit, por supuesto, pero con medidas que incidan en la recuperación del consumo. Hay que mantener los sueldos, bajar los impuestos y forzar a la banca para que conceda créditos. Es la única manera de reactivar la economía, porque manteniendo el consumo se puede esperar el crecimiento y, además, toda transacción genera ingresos al Estado.
No estoy de acuerdo en un adelanto de elecciones. La incertidumbre y el retraso que supondrían sería letal para la economía española. Pero es evidente que un presidente que engaña incluso a sus propios compañeros de gobierno, a sus alcaldes, a los sindicatos en quienes se ha apoyado, a sus socios de gobierno y a sí mismo, jamás podrá lograr que alguien confíe en nuestro país.
Así que dimita usted ya, señor Zapatero, y deje que alguien con capacidad de restaurar la confianza, como un Pérez Rubalcaba, o un José Blanco, por qué no, coja el timón. Porque el tiempo se acaba y necesitamos alguien que pueda concertar esfuerzos, llegar a pactos de estado, y unir al país en torno a un objetivo común.
Alguien con la misma capacidad que durante décadas demostró José Bono para aglutinar el voto y el esfuerzo de personas de todas las ideologías, de todos los sectores económicos, de todas las clases sociales en un gobierno marcado por el consenso, la paz social y la gestión de los caudales públicos al servicio del crecimiento económico y la protección social.
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