Si el hecho de no haber vencido en los últimos diez partidos, alguno de ellos frente a rivales directos por la permanencia, no es suficiente motivo para enceder las alarmas (Julián Rubio lo dijo hace diez días), el varapalo sufrido el pasado domingo en el Ramón de Carranza frente a otro rival directo como es el Cádiz deja un panorama desolador, demasiado incierto y con un tufo cada vez más intenso a Segunda B.
Es cierto que la situación en la tabla no es para que cunda tal pesimismo, pues la zona de permanencia se encuentra a un punto y el equipo que la marca visita el próximo domingo el Carlos Belmonte. La preocupación se enfoca al comprobar la dinámica depresiva de un equipo en caída libre que da sensaciones de no haber tocado fondo.
Incluso siendo capaz de reponerse a un gol inicial del Cádiz con su mejor versión y dejar el partido a punto de caramelo con superioridad tanto en el campo como en el marcador, este Albacete es capaz de desmoronarse en un visto y no visto para desperdiciar una oportunidad de oro de dar un golpe de efecto en la lucha que ya mantiene de lleno por eludir el descenso.
Lo peor de todo no es el espectáculo que se dio en Cádiz en esos últimos 15 minutos, sino la impotencia reflejada tanto por los componentes de la plantilla blanca como por su presidente. Nadie se explica qué ocurrió en el Carranza pese a estar de acuerdo en un hecho incontestable: el golpe moral que nos ha asestado el Cádiz es durísimo. Incluso Alberto no tuvo reparos en reconocer que el domingo sufrió la derrota más dura en toda su carrera.
Sin decisiones a la vista Ante este panorama, las decisiones brillan por su ausencia. Todo se limita a pedir perdón y calma al mismo tiempo, a tener la esperanza de que todo cambie en un partido próximo que finalmente se convierte en una nueva decepción. Sin toques de atención a la plantilla, ni ganas de sustituir a un nuevo entrenador, el barco continúa a la deriva mientras los rivales reaccionan y cada vez quedan menos a tiro de piedra.
Hace dos temporadas el equipo se encontraba a más distancia de la permanencia, pero eran otras circunstancias. Aquel Albacete ya había tocado fondo en febrero, hizo una segunda vuelta en progresión y contaba con ciertos futbolistas con galones que, pese a no comulgar con las ideas de Máximo Hernández, fueron capaces de salir del atolladero.
Aquel equipo no tenía los ramalazos de buen fútbol que puede mostrar el actual, su principal déficit era que los partidos se le complicaban ante cualquier detalle que les obligaba a ir a remolque. Pero aquel equipo no se hubiera dejado escapar un 1-3 en un partido crucial a falta de 15 minutos y con la afición del rival bramando contra los suyos. Son esas sensaciones distintas entre una pesadilla y otra. |